Cánones y ciencia ficción

Continuando con el consumo cultural, hoy quiero reseñar dos eventos recientes y pensar sobre el rankismo en la ciencia ficción.

Miquel Barceló ha publicado su antología de los 100 mejores títulos de ciencia ficción, 25 años después de la primera. Barceló ha sido de las mayores fuerzas en la popularización de la scifi en España como traductor y editor de una inmensidad de obras. Leo su entrevista y me entran unas ganas locas de leer su canon para saber cuáles considera importantes una persona tan leída y mejorar mi mapa mental de autores por leer. Pero entonces leo esto:

Inevitablemente la guía es —y no rehúye serlo— polémica en su selección de los mejores títulos. No incluye, por ejemplo, ninguna obra de Ballard. Y eso sí que algunos lo juzgarán anatema. Barceló, que tampoco valora especialmente a Philip K. Dick (como gran ucronía prefiere Pavana, de Keith Roberts, a El hombre en el castillo), recuerda que en su famoso libro Ciencia ficción, las cien mejores novelas, David Pringle no puso Fundación. “Era una época en que quedaba bien hablar mal de Asimov, que había reducido su registro semántico a tres mil palabras para que le pudiera leer todo el mundo, incluido un granjero de Kansas, lo que no le hace precisamente muy literario”. Barceló aprovechó para recordar que el género tiene junto a plumas como la de Asimov las de grandes estilistas como Dan Simmons o Stephenson.

De alguna manera es una bofetada al instinto fanboy que hay dentro de mi e inevitablemente me devuelve a la realidad: la guía es otro canon. Personalista. Importante sin duda por la relevancia que tiene en el mundo hispanohablante. Quizás también influido comercialmente por las propias obras que él ha editado. Y pienso que sería estupendo tener los cánones de mis amigos en algún lugar que pudiese consultar regularmente. Sin molestarlos cada vez que quisiera consultarlos, aunque a veces les pregunte sólo por conversar. La ventaja de consultar los cánones de mis amigos sería que los conozco: sé si uno se deja llevar más por fantasía o si la detesta, si abusa de la soft scifi o por el contrario de la hard, etc. Es decir, tengo un contexto y puedo entender sus inclinaciones. No ocurre lo mismo con Miquel Barceló a no ser que las explicite él mismo.

Es entonces que me da por recordar la polémica de los recientes premios Hugo. Dos grupos llamados Sad Puppies y Rabid Puppies –compuestos en su mayoría por autores de ciencia ficción que han sido nominados a los Hugo- han hecho campaña para posicionar en las nominaciones a autores de su preferencia. Estos grupos defienden que los Hugo  “han derivado en propaganda política de izquierdas, dando peso a historias de gays, académicas o de nicho dejando de lado criterios de calidad“. Otros los acusan de reaccionarios y dicen que los premios simplemente reflejan un abanico de mayor diversidad que “las historias de hombres blancos“. La polémica ha sido muy pública y Los votantes han preferido elegir “sin premio” en todas aquellas categorías donde sólo habían sido nominados candidatos puppies.

Estas dos historias ponen de relieve que uno no debe dejarse llevar por los ránkings sin ser consciente de sus bias. No hay un ránking válido, hay muchos posibles, como nos recuerda la historia de la salsa de spaguetti que tan bien cuenta Malcolm Gladwell:

Oveja mansa

Oveja mansa está escrita en primera persona, en la voz de Sandra Foster, una científica que trabaja para HiTek investigando el origen de las modas. HiTek desea saber cómo predecirlas para poder llegar a crearlas, pero la doctora Foster no está avanzando en su investigación. En vez de eso, se mete en líos por ayudar a un compañero a que no pierda su empleo. Foster, de 30 años y que busca su pareja ideal en la sección de contactos de periódicos locales, pasa su tiempo entre la oficina, la biblioteca y centro comercial; es ahí donde surgen sus afilados y agudos comentarios sobre la vida, el universo y todo lo demás. Pero sigue sin encontrar el origen de las modas.

Lo cierto es que Oveja mansa tiene diálogos para recordar y alguna escena maravillosa, como la del cumpleaños de la hija de una amiga donde Connie Willis aprovecha para diseccionar las diferentes maneras en que los padres tratan con hijos díscolos. La “técnica de reproyección de acciones negativas en energía proactiva” me recordó mucho a los mecanismos educativos de los padres de Ned Flanders!

Es una novela entretenida, con un aire costumbrista y ligeramente pasteloso que le queda muy bien. Pero a pesar del tono de comedia y haber sido publicada hace 20 años, es una historia brutalmente actual. Dibuja un mundo donde la estupidez gana terreno a pasos agigantados. Reflexiona sobre la influencia de la casualidad y la suerte en nuestras vidas pero también dignifica el espíritu hacker con un aire muy Feynman. En cierto sentido, Connie Willis nos está lanzando un preaviso, un

“hoygan, que esto se va a la mierda y nos estamos quedando sin cajeras que den bien el cambio, científicos que hagan ciencia y camareros que sirvan un café sin interrogatorio previo. Hagan algo. Piensen por sí mismos. No se dejen llevar por las modas. Al menos, no demasiado”.

La ciudad de los prodigios

Ambientada entre las exposiciones universales de 1888 y 1929 de Barcelona, La ciudad de los prodigios es una novela de Eduardo Mendoza que cuenta las peripecias de Onofre Bouvila, un campesino de 13 años que llega a la ciudad “para hacerse rico”: empieza como agitador social repartiendo panfletos anarquistas en la primera exposición y la segunda lo coge como uno de los hombres más ricos del mundo.

Entre medias, Mendoza narra la vida de un hombre hecho a sí mismo que no tiene reparo en vender falsos crecepelos a los obreros de la exposición, ejercer de matón a sueldo de un abogado que resuelve los casos turbios de la aristocracia barcelonesa, ser uno de los especuladores crecidos bajo el paraguas del Plan Cerdá, convertirse en vendedor de armas a los gobiernos de la Europa pre-guerra, ser el introductor del cine en Barcelona como mecanismo de agitación social o actuar como filantrópico financiero de actividades de ciencia.

Pero La ciudad de los prodigios es de esas novelas en que el personaje principal no es exclusivamente una persona, sino también una ciudad y el ambiente sociocultural que la impregna. A cuentagotas, Mendoza te hace sentir la evolución de la Barcelona que crece de 250.000 habitantes hasta el millón en los 40 años que separan las exposiciones. Una ciudad que es el motor industrial de España y vive en sus carnes la descomposición social, así como diversos avatares de la lucha de clases (es allí donde se funda la UGT y el Partido Socialista tiene su primer congreso).

La mezcla de profusos datos reales sobre la Barcelona de entre siglos -su demografía o la cantidad y situación de los pabellones de las exposiciones- conjuntamente con el ejercicio de ficción que supone tejer una trama en torno a un personaje con acceso simultáneo a los círculos de la alta y baja sociedad, convierte la novela en un friso de Barcelona, una puerta a la que asomarse y tratar de entender el magma social que dominaba la época.

Lexicon

lexicon_usaLexicon es, en su superficie, un thriller conspiranoico: una sociedad secreta tiene un arma que permite subyugar la voluntad de las personas y hacerlas actuar contra su voluntad, coercionarlas.

Que el arma sea el lenguaje y la sociedad secreta esté compuesta por poetas a los que se le asigna una identidad literaria ilustre –Eliot, Brontë, Yeats, Woolf, Goethe, PushkinRosalía de Castro, etc- cambia la perspectiva: el thriller es apenas el packaging, lo que dicta el ritmo, lo que envuelve una maravillosa novela cyberpunk sobre el poder del idioma y las relaciones humanas.

Una novela cyberpunk

La novela tiene la agilidad y sarcasmo del mejor Max Barry, el de Jennifer Gobierno, pero también una madurez que le lleva a fijarse en nuevos temas – o quizás simplemente sean los mismos pero en diferentes avatares.

Los dos motores de la novela son las tramas alrededor de Emily -una joven vagabunda estadounidense que la organización recluta para convertirla en poetisa- y la de Will -un carpintero australiano inmune al poder de las palabras y que es arrollado por la existencia de tal cosa. Luego de las presentaciones de rigor, aparece en el centro de la trama una «palabra desnuda», un conjunto de lexemas que produce una subyugación inmediata y de una magnitud hasta entonces desconocida en todo aquel que la ve. Un arma de destrucción masiva. A partir de entonces, descubrimos también a secundarios como Yeats -la cabeza de la organización en Estados Unidos y que desea hacerse con el poder de la palabra- o Eliot -uno de los mejores poetas pero que tiene reservas en cuanto al modus operandi de la organización. Los secundarios, lejos de ser personajes planos, añaden a la composición de temas matices que sería imposible imaginar sin ellos: la discusión sobre la necesidad de reconocimiento y sentirse parte de una comunidad se quedaría coja sin el contrapunto y la religiosidad de Yeats; vacíos quedarían los diálogos sobre el amor sin la trágica figura de Eliot, etc.

Globalización, lenguaje y periferia

Al principio, que el centro de la acción fuesen únicamente poetas de habla inglesa, me generó cierta desilusión, pero lo achacaba a las referencias que tendría el propio Barry y asumía esa invisibilidad de lo periférico. Sin embargo, me parece más interesante entender la arquitectura básica de la novela como una forma tímida -y no del todo explícita- de reconocimiento de las desigualdades que genera el inglés como lengua franca.

Max Barry es australiano y su mercado nativo el inglés, no creo que le dejasen publicar una novela sobre esta temática si fuese muy explícito. Sin embargo, me parece que nos quiere decir algo al situar como personajes principales a la rama estadounidense de la organización con ganas de dar un golpe de mano, a una vagabunda que por el mero hecho de nacer en el corazón del imperio accede con facilidad a un poder inmenso y a un personaje periférico como Will, artesano, pero ajeno al arte de la palabra y a su influencia (es decir: todo lo que rodea la sociedad de la información) que al final se ve arrollado por ella y se ve forzado a tomar parte de igual manera.

Otras referencias

Lexicon es sin duda una de las mejores novelas que he leído últimamente. Además de entretenida, enlaza con otras historias igualmente impactantes que merece la pena rescatar:

  • Will me recuerda mucho a Ashitaka, de La princesa Mononoke: otro periférico al que se llevan por delante los vectores de desarrollo de la globalización (en su caso la dicotomía sobre progreso y naturaleza, en la forma de un dios jabalí enloquecido, que llega a su aldea y le contagia un virus) y que por eso mismo se ve forzado a tomar parte en la batalla (tiene que ir en busca de la fuente que originó la locura del dios para poder sobrevivir).
  • La «palabra desnuda», la vertiente lingüística de Lexicon con los segmentos poblacionales y la reinterpretación de la Torre de Babel, enlaza directamente con el hackeo de cerebros y la mitología sumeria que tan bien cuenta Stephenson en «Snow Crash».

Como puntilla final, hubiese sido maravilloso que Eliot contase entre sus correligionarios a Gil de Biedma, pues su biografía tiene todo lo necesario: además de ser un gran admirador de Eliot y Yeats, Biedma tiene un cierto desapego por lo que implica ser poeta en su tiempo, lo que le convertiría en un secuaz ideal. Que además haya escrito «Las personas del verbo» le añadiría cierta magia al asunto!

Manituana

Ambientada en la segunda mitad del siglo XVIII, durante los albores de la Revolución Americana, Manituana es en la superficie una novela sobre el ocaso de la Liga Iroquesa o la confederación de las Seis Naciones, una de las organizaciones indias más numerosas en norteamérica.

ManituanaCon localizaciones en el valle del río Mohawk (en el corazón del moderno Nueva York), Londres y Québec, Manituana narra principalmente la evolución de Joseph Brant Thayendanegea, diplomático y militar indio. Cómo Brant, inicialmente un intérprete inglés-mohawk del Departamento de Asuntos Indios bajo las órdenes de la familia Johsson, evoluciona a jefe de guerra de la nación Mohawk. Esa transformación de tiempos de paz a tiempos de guerra es también el camino de las Seis Naciones durante la revuelta por la independencia americana. En los inicios del levantamiento de las colonias americanas contra el rey inglés Jorge III y la nación inglesa, las Seis Naciones ejercen un papel de neutralidad “en esta guerra civil entre hermanos“, siempre que no afecte a sus territorios y rutas comerciales. A medida que avanza la contienda, rebeldes wigh y lealistas tory, se disputan el apoyo de las Seis Naciones hasta que éstas son parte beligerante.

Por supuesto, como hija de Wu Ming y la New Italian Epic, esta novela contiene otras muchas voces y temáticas que invito a que cada uno descubra por sí mismo. Algunas que atrayeron mi atención son:

  • la caída de uno de los muchos mundos posibles: cómo Iroquirlanda -la convivencia de las naciones indias y los colonos ingleses- se desintegra rápidamente, da cuenta del vacío que dejan los founding fathers de la comunidad al irse y la incapacidad de sus hijos para continuar ese sueño, hasta que éste se acaba abruptamente y los hijos se ven forzados a recuperar su capacidad de soñar. En ese sentido, Manituana se sitúa no como una novela sobre la épica de los héroes, sino una novela sobre la urgencia de continuar creando utopías para reinventar el futuro.
  • un relato sobre el colonialismo y los verdaderos perdedores de las guerras, con grandes paralelismos con las guerras de Irak o Afganistán y el papel de las comunidades islámicas – no en vano, WuMing presenta esta novela como un primer paso en su respuesta a la pregunta que se hacen los americanos después del 11S: ¿por qué nos odian?

No se puede olvidar que éste es el primero de los libros del Tríptico Atlántico y para valorarlo en toda su completitud habrá que esperar a la publicación y lectura de los dos siguientes, ambientados en Europa, África y la India. Como novela solista, Manituana es una historia coral tejida con las técnicas narrativas identificativas de Wu Ming. Una historia que vale la pena conocer para completar la historia de la Revolución Americana, contada por el bando verdaderamente perdedor.

La disidencia de Richard Feynman

«Whatever the reason, there seems a clear correlation between intelligence and willingness to consider shocking ideas.»

— Paul Graham, What you can’t say

richard_feynman

Richard Feynman es uno de los grandes científicos del siglo XX, popularmente conocido por el premio nóbel derivado de sus trabajos sobre la Electrodinámica Cuántica y la invención de la nanotecnología con su paper There’s plenty of room at the bottom.

Fue, además, considerado un gran divulgador –entre otras cosas, por su aproximación a la enseñanza basada en el entendimiento y no la memorización- que nos dejó alguna joya como sus lecciones introductorias a la física.

The pleasure of finding things out

Pero lo que verdaderamente define a Richard Feynman es su curiosidad infinita, una pasión intensa por el conocimiento. Él mismo se define como un explorador. No hay palabras que expresen mejor su pasión que este video donde habla sobre la belleza de una flor:

Como científico junior, participa en el Proyecto Manhattan a cargo del grupo que se encarga de la computación de problemas, donde ingenian una manera de paralelizar el cálculo de las rutinas en los mainframes. Es entonces cuando desarrolla también su pasión por tocar los bongos que no abandonará en toda su vida y que, unida a su participación en los grupos de samba durante su estancia en Brasil, consolidará su fama de científico iconoclasta para siempre. De esa época en Los Álamos, es también famosa la anécdota que relata cómo Niels Bohr -en aquel momento una de las máximas autoridades científicas del mundo- lo llamaba a sesiones privadas antes de las reuniones para discutir con él sus teorías, ya que era el único científico que se atrevía a llevarle la contraria.

Posteriormente rechaza ofertas suculentas para trabajar en el Instituto de Estudios Avanzados en Princeton, con Einsten, Von Neumann y Gödel en favor de dar clase de física en una universidad menor y, posteriormente, por una oferta del ahora mítico CalTech, donde inició el camino de lo que ahora conocemos como nanotecnología y consolidó los estudios que lo llevaron a conseguir el premio nóbel de física.

What do you care what other people think?

Tras ese personaje público, se esconde un disidente con gran apego por su autonomía, la integridad personal, la honestidad intelectual y un cierto disrespect for respectable.

Es su disposición a considerar cualquier idea y testear su validez contra las reglas de la naturaleza lo que lo convierte en un gran científico.

«The first principle is that you must not fool yourself–and you are the easiest person to fool. So you have to be very careful about that. After you’ve not fooled yourself, it’s easy not to fool other scientists. You just have to be honest in a conventional way after that.»

— Richard Feynman, Cargo Cult Science

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p style=”text-align: justify;”>Pero también en un gran investigador: no en vano es famosa su participación en la comisión sobre el accidente del transbordador espacial Challenger, donde acaba descubriendo no sólo fallos técnicos en el lanzamiento sino también fallos burocráticos. En su informe personal sobre el accidente que conseguirá incluir como adjunto al informe final de la comisión, dice que:

«Reality must take precedence over public relations, for nature cannot be fooled.»

El disidente libertario

Feynman es un hacker, tal y como los define Himanen. Un ejemplo inspirador que recomiendo descubrir a través de Surely, you’re joking Mr. Feynman? primero y completar con What do you care what other people think?. Es en esas transcripciones de anécdotas sobre su vida donde se puede conocer y disfrutar del verdadero Feynman. Un disidente que, por encima de todo, nos deseó un legado libertario:

«So I have just one wish for you — the good luck to be somewhere where you are free to maintain the kind of integrity I have described, and where you do not feel forced by a need to maintain your position in the organization, or financial support, or so on, to lose your integrity. May you have that freedom.»

Islas en la red

IslandsInTheNet(1stEd)

Laura Webster, dedicada a las relaciones públicas en el conglomerado cooperativo Rizome, ve cómo su casa/hotel es ametrallado en medio de una reunión de alto secreto mientras uno de los huéspedes es asesinado. A partir de entonces, se embarca en un viaje que la llevará a la Isla de Granada, la República de Singapur, Malí y al desierto subsahariano con los tuaregs. Es durante ese viaje que ella reconoce por primera vez un mundo donde la Convención de Viena y sus instituciones (símbolo de la hegemonía de los estados nacionales) se han visto superadas por los efectos que la globalización ha tenido en la sociedad. Como historia secundaria, Laura observa en primera persona los costes personales y colaterales que tiene ese viaje, la búsqueda de un mundo mejor para la humanidad y no para su comunidad.

A lo largo de la novela, Bruce Sterling, habla de la emergencia de nuevos actores con igual o más influencia que los estados en el orden global (ONG como la Cruz Roja, cárteles y paraísos de datos, movimientos antiglobalización luditas, empresas como Rizome o Kimera, etc),  anticipa la emergencia de la democracia económica y compañías comunitarias que luego Stephenson desarrolla como filés en La era del diamante, escribe sobre estados e instituciones capturadas por mercenarios/grupos de poder o muestra cómo la lucha por el control de las comunicaciones en la red será una de las marcas distinticas del nuevo siglo (bien a través de la censura o bien creando agendas públicas distintas a través de conglomerados de la comunicación). Al leerlo, te vienen a la cabeza inmediatas analogías con los tuaregs de Gresham y el movimiento zapatista, Rizome y Mondragón, la Convención de Viena con el papel de la ONU en la guerra de Bosnia o la OTAN, el ELAT y Al Qaeda, etc. Es, en definitiva, una historia donde -si tienes 25 años o más- verás reflejada la sociedad en que creciste.

Leer esta novela en 2014 provoca un sentimiento irremediable de … por qué no la habré leído 15 años antes. Aunque pierda un poco de la magia del descubrimiento, su lectura es igualmente interesante como scifi y a la vez apta para cualquiera no cercano a ella – porque, en realidad, la mayoría de las cosas que cuenta ya han ocurrido. Aún así -y sabiendo que fue publicada en 1988, un año antes de la caída del muro de Berlín y toda la mitología que abre en torno al fin de la guerra fría– me parece que refrenda el papel de Sterling como uno de los autores más clarividentes de su generación. Etiqueta que, de alguna manera, imagino que ya tenía ganada por su influencia como padre del ciberpunk.

Cómo perdimos el mundo es la historia del verano. Si os interesa la descomposición que nos rodea y los posibles actores emergentes de todo este proceso, os invito a que, enchuféis este cuentito a vuestros RSS. No os perdáis los comentarios. Para los que no podemos disfrutarlos de cerca, es la alternativa virtual a un domingo de churrasco y cafés largos con los indianos. Brillante mapeo. Y entretenido. Estoy disfrutando como un enano!

Maverick, de Ricardo Semler

maverickMaverick es un repaso por las vicisitudes que Semco ha pasado desde que Ricardo Semler tomó las riendas de la empresa en 1980 hasta 1995, momento de publicación de libro y cuando ya era uno de los mayores ejemplos internacionales de democracia empresarial.

Probablemente en Managing without managers [PDF], artículo publicado en 1989 en la HBR, se destilen los principios básicos de la gestión en SEMCO. Y en Leading by omission, vemos un Semler cómodo en la platea. Si te han gustado ambos pero te has quedado con ganas de más, deberías leer este libro. Cada capítulo es una historia que, de algún modo, representa el nacimiento de la nueva SEMCO. No faltan momentos tensos: huelgas, despidos, corrupción, etc a los que toda empresa se enfrenta. Y esa narrativa de cuento, de historia, que destila todo el libro es lo que le da valor por encima de cualquier paper.

Bóvedas de acero

Estas navidades he leído mi primer libro de Asimov: Bóvedas de acero, la novela que inicia la Saga de los robots. Ha sido una lectura del tirón, de esas que te enganchan rápidamente. Me ahorraré el resumen, sólo decir que Asimov ha conseguido tejer una historia muy interesante, incluso para alguien del futuro, como yo. Pensad que es una novela escrita en 1954, en plena guerra fría, previa a la revolución de las computadores. Y más de 50 años después sigue teniendo cosas que decir.

Además de novela entretenida por policíaca, contiene varias ideas-fuerza que vale la pena resaltar:

  • El choque humano/robot:

Quizás por todo lo que rodea a las leyes de la robótica y Asimov, empecé la lectura con reservas, con pocas esperanzas de que me contaran nada nuevo. Y, sin embargo, me he encontrado un discurso muy elaborado, a la altura del mejor Ghost In The Shell: la introducción de robots en la Tierra como sustitutos de personas, está creando una gran masa social sin trabajo y, por supuesto, resentida, lo que crea un movimiento reaccionario. Éste es el núcleo de todo el desarrollo. Este conflicto no me pareció una situación muy lejana de la que se dió/está dando en el proceso de desindustrialización de nuestras sociedades hacia una informacional/de servicios: enormes bolsas de población que no consiguen reconvertirse (luego de años dedicados, por ejemplo, a los astilleros, la fabricación de coches o construcción) y ven cómo su nivel de vida se reduce, en algunos casos, hasta la mera subsistencia. O, en mucha menor medida y más directamente, por ejemplo, la sustitución de cajeros por máquinas de paga tú mismo en los supermercados.

  • Superpoblación y límites de crecimiento:

Las ciudades en la Tierra son grandes bóvedas de acero superpobladas y fuertemente dependientes de los recursos naturales. En este sentido, Asimov se adelanta un lustro al neo-malthusianismo del siglo XX planteando el problema en apenas unas líneas de diálogo entre el detective Elijah Baley y el Doctor Fastolfe:

En los tiempos primitivos, los centros individuales de población eran prácticamente autosostenibles, alimentándose del producto de las granjas adyacentes. Nada salvó un desastre inmediato, una inundación o una peste o una mala cosecha, podía dañarlos. Al crecer estos centros y mejorar la tecnología, los desastres localizados podian superarse acudiendo a la ayuda de centros distantes, pero al coste de hacer que áreas aún mayores fueran interdependientes. En tiempos medievales, las ciudades abiertas, incluso las mayores, podían subsistir con los depósitos de alimentos y con provisiones de emergencia de todo tipo durante al menos una semana. Cuando Nueva York se convirtió en Ciudad, podría haberse mantenido a sí misma durante un dia. Ahora no puede hacerlo ni durante una hora. Un desastre que podría ser incomodo hace diez mil años, meramente seguro hace mil, y grave hace cien, hoy sería mortal de necesidad.
Sin embargo, a diferencia de los neo-malthusianos, Asimov plantea una salida positiva, progresista: tecnología y nuevos enclaves de población más allá de lo conocido. Con ello, también aquí se adelanta (15 años!!) a lo que el antropólogo Marvin Harris llamaría luego materialismo cultural.
  • Colectivización y jerarquización:
Aunque no le di mucha importancia a lo largo de la novela, ahora me doy cuenta que la dicotomía Tierra/Mundos exteriores es también la dicotomía sociedades de escasez VS sociedades de abundancia. Y aunque, en esta novela, Asimov se queda en la crítica de la Tierra, también nos da unas pinceladas de la sociedad de la abundancia que plantea en los Mundos Exteriores: una sociedad redistributiva en términos de Harris. Por otro lado, la pintura de la Tierra como espacio de escasez que dibuja Asimov me parece brillante y descorazonadora (por realista): creación de núcleos de población hipereficientes en cuanto a consumo de recursos naturales (por concentrados); centralización de la sociedad (planificación, jerarquización y colectivización de las actividades económicas y culturales) con la pérdida de individualidad e iniciativa que eso conlleva: capa funcionarial dedicada a escalar en la jerarquía sin preocuparse por los problemas de la sociedad, ciudadanos pasivos, etc. Es tan brillante que, lo lees, y apenas te das cuenta de la enorme crítica que contiene. Quizás éste sea el aspecto donde más se puede observar la influencia de la época en que la novela fue escrita: 1954, en plena escalada de la guerra fría entre la propuesta capitalista de Estados Unidos y la comunista de los Estados Rusos.

En definitiva, una muy buena novela, que se deja leer fácilmente como novela policíaca y que plantea con sencillez temas complejos que nos afectan. Buena ciencia ficción para empezar el año!